Escollos del amancer

Existe un riesgo al tantear los rieles del provenir. Al menos es algo que constantemente vuelvo a preguntarme. ¿Valdrá la pena seguirlos? ¿Los he terminado de cruzar?

Esa tarde mi madre me grito muy fuerte. Esa tarde es muy nítida para mí. Estaba asustado porque nunca la había visto así. Fue hace tanto tiempo: la ira de su rostro y el odio hacia el mundo se le notaba en todo su cuerpo. Ver a una mujer con tanta furia, rencor y dolor es mantener demasiada desazón en una memoria tan apabullada aun para la madurez de la que presumimos los adultos. Lo recuerdo y no creo tener tantas palabras para explicar mi impresión. Pero, equivaldría a ver un cuadro compuesto por una serie de trazos fatales, era como ver un infierno asomándose en carne humana. Entró en la habitación en la que dormíamos –no teníamos una propia-, tomó las cosas que pudo, y no dejo que me llevara el hombre araña que me compro en el mercado sobre-ruedas, porque -me dijo, en tono de amenaza- “¿Te cuido a ti o cuido al muñeco?”. Yo no tenía mucha conciencia de lo que pasaba. Pero, el hecho de que mi madre saliera desesperada de la casa de los abuelos, dejaba entrever que las cosas iban a cambiar. Mi madre -con una desprolija voz- les gritó: “Me voy, porque tengo que irme. Este “cabrón” tendrá que hacerse responsable”. Aun así, le contestaba la vieja: “¿A dónde vas a ir con esa criatura del señor? Ve que aun no sabe ni limpiarse el culo”.

Entre mis recuerdos salta uno constantemente: mi madre con su mochila al hombro, me subió al tren y nos fuimos de polizontes. Yo no vi si ella le pagó a los ferrocarrileros o a la mafia de “polleros” para que nos llevaran por la costa este de México. Pero el objetivo era cruzar la frontera. Solo años después supe que mi madre fue violada en ese entonces, por unos hombres que controlaban el paso de los mojados en aquella Reynosa que no me parecía muy paradisíaca. Yo no recuerdo muy bien su rostro, pero tengo imágenes de ella evitándome y hablándome de reojo. No entendía muy bien lo que pasaba. Pero, por mucho tiempo supuse que era mi culpa el que se comportara conmigo así, con ese trato tan decididamente distante cual madre decepcionada de su hijo. Ahora conjeturo que me miraba como lo hacen las prostitutas emergentes de las economías emergentes.

Mi madre se llama Esperanza. No hay nada de complicado en su nombre. Su expectativa era saltar la frontera bajo la “protección” de un chulo y luego escapar. No era un gran plan. Ahora me resigno a pensar que después de la violación, la prostitución es el paso lógico, o que al menos lo era en ese momento. Pero, ante la falta de plata, las opciones eran limitadas. No sé si a eso se le llame heroísmo, pero cuando este mundo solo deja como instrumento de trabajo el cuerpo es porque se han arrebatado las alternativas. Había que llegar con mi padre y hacer vida con él que se encontraba en el condado de Cameron en Texas. Con todos los esfuerzos de mundo y después de huir de una golpiza que le propino el chulo a mi madre, llegamos a Cameron con el capataz Lawrence Redfield en la McDermont Farm, es decir el lugar en el que se supone que se encontraba el cabrón de mi padre. Pero, el gringo le dijo a mi madre que nunca conoció a un hombre con su nombre, eso la devasto, y mi madre se sintió totalmente decepcionada, el engaño le parecía inminente y después de pasar esa travesía no tenía muchas ganas de indagar su paradero. Tiempo después un amigo de él, le aviso a mi madre que el cabrón había muerto de un balazo propinado por un gringo que lo acusó de invadir su propiedad, tan solo por caminar frente a su residencia. Mi madre tomó como cierto el relato y como que la ausencia de dinero comenzaba a tener sentido.

Esto sucedió en el lejano año de mil novecientos ochenta y cuatro. Mi madre encontró empleo a fracción de sueldo en una maquiladora de ropa, donde trabajó todo el resto de su vida sin haber logrado el derecho de ciudadanía. No encontramos un buen lugar para vivir aquí, aun cuando parece que es el mejor momento de la humanidad. Hoy, cuando mi madre ya ha fallecido, siento que tenemos que exponernos demasiado para alcanzar un amanecer. Todavía recuerdo sus palabras y me acompañan como si fueran para mí un refugio en este mundo enervado en la infamia. ¿Quién soy yo? Mi identidad poco importa: solo soy un jornalero en tiempos de cosecha, y el resto del año ayudo a que otros indocumentados intenten un hogar en medio de las exclusiones que existen en la tierra de la libertad, que no son pocas y que no solo no existen para personas como yo. Les ofrecemos un techo en el cual morir y les ayudamos con alimentos para soportar el día. ¿Podrían definir una patria para mí los recuerdos que tengo de mi madre? Es algo que me pregunto a diario, ya que no me siento ciudadano de este país, tengo que aprender a tener dignidad donde mi persona vale un carajo. Mi “jefecita” solía decirme: “En casa de tus abuelos no saldremos adelante. Hay un mundo mejor afuera y voy a correr el riesgo de encontrarlo”.

Me he repetido una y otra vez esta historia, a la que ya no sé cómo reaccionar. Me repito cada palabra una y otra vez, llena de pendencieras reiteraciones para darme aliento. Pero mi Esperanza murió hace mucho tiempo… era mi madre.

(27 de Mayo del 2016)

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