El solaz de Avelina

El día en el que Avelina se dio cuenta que le gustaba la poesía era muy pequeña. No sabía exactamente qué significaba lo que escuchaba, solo tenía la emoción de oír palabras que más o menos rimaban y entonaba una bella melodía que para ella era solo un juego, una tontería:

Este conejito silvestre
se va, se va a las huestes.
Este conejito tristón
se va a mi batallón.

Este conejito anima,
se va, se va pa’arriba.
Este conejito rima,
se va, se va y se iba.

En ese momento Avelina no parecía darse cuenta que esas tontas secuencias podían tener una métrica y que podían ofrecer un argumento. Solo se dejaba llevar por el impulso de cantar y continuaba por el solo hecho de abrirse paso. A ella le divertía esa extraña manera de no ir a ningún lado, de solo ser una pequeña voz.

Yo me enternecía pensando en lo pequeña que se veía. Finalmente, entrado en años, la paternidad no me venía muy bien, y menos después de un divorcio de por más difícil. Trataba de abrazarla lo más que podía y esperaba que esos instantes no se fueran nunca. A veces todo me parece un sueño más y los recuerdos que tengo de ella se borronean con instantes no del todo vívidos. Cosas que pasaron, travesuras sesgadas, remordimientos. Ahora las cosas me resultan un poco más caóticas.

Recuerdo cuando le trajimos al Peluso: un caniche blanco de nariz un poco chata, negra, como de motita que parecía siempre estar esperando a que lo invitara a jugar. Avelina y el Peluso realmente no se entendían mucho, salvo cuando el Peluso quería socializar. Pero cuando Avelina hacía sus rimas, el Peluso le hacía segunda con aullidos nunca inspirados en la generación Beat, porque ella aún no estaba influenciada por las canciones pegajosas de los Beatles. Avelina cantaba y el Peluso acompañaba. Era un griterío porque cada quien iba por su lado y yo no podía intervenir la escena, simplemente esperaba que Avelina pudiera orientar un poco al perro. Pero nada funcionaba. Todos hacían su sagrada voluntad y el escándalo se me salía de las manos. El maldito departamento donde vivía tenía tan buena acústica que toda la sinfonía se podía escuchar por todos lados, y yo tenía los vecinos más quejumbrosos con los que uno se podía relacionar.

El divorcio no facilitó mi relación con Avelina. Después de la entrada a la educación básica realmente la veía poco, porque su madre la recogía y yo no podía ser sino un espectador ocasional. No sé si Avelina preguntaba por mí, y yo esperaba que no lo hiciera muy seguido. Su madre y yo continuábamos la guerra fría post-marital y ver a Avelina en medio de esas escaladas de violencia no me hacía sentir el padre más amoroso que pudiera ser. ¿Para qué buscarla si tenía que cruzar un campo minado de buenas intenciones que su madre hacía explotar con tanto amor a la venganza?

Ya no recuerdo si el Peluso desapareció, o si se murió, o si lo atropellaron, o si se fue a la nueva casa de mi ex-esposa donde mi sustituto le dio un ultimátum de vida. ¿Qué habrá sido de él? Desconozco si Avelina tuvo novio durante la adolescencia, o si le gustaba el grunge de los noventas del siglo pasado que aún hoy -siendo yo tan open mind- mis oídos no logran digerir ni por error. Ni sé exactamente, ni en qué momento, ni por qué razón decidió no tener hijos: Su madre no me dejo ir ni siquiera a su boda. Realmente me pregunto si hubo un momento en el que Avelina me quiso dentro de su vida. Lo cierto es que ella tenía que vivirla y preguntarse por su padre no debió de ser prioridad alguna.

No dejo de extrañar a mi hija que hoy cumple seis años de haber fallecido en ese accidente en carretera. Cuando llegué al hospital dónde tuvo sus últimos momentos, un policía me contó que Avelina tarareaba voces incomprensibles, como si tuviera la necesidad de cantar y de hablar en lenguas que la desbordaban, en músicas de partituras fantasma. Un Padre no debería sobrevivir nunca al destino de su única hija. No dejo de pensar en los juegos de rimas que hacía Avelina que no eran muy congruentes ni tenían la obligación de serlo. En las noches escucho esas tonadas, esos balbuceos de bebé. Yo no sé si son para mí un tormento o un consuelo. Solo oigo cantar:

Este conejito que ría,
se va, se va alegría.
Este conejito que viva,
se va, se va pa’arriba.

Este conejito alado
se va, se va el verano.
Este conejito soldado
se va, se va temprano.

 

#Zenda #AmoresDeVerano

(14 de agosto del 2017)

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